Me dirigí hacia mi reino con el alma roto totalmente y sin dejar de llorar, deje el caballo y me dirigí a entrar al palacio, no hice mas que poner un pie dentro cuando oí el grito de mi padre.
-Edward, ven ahora mismo aquí-dijo entre gritos.
Entre en la sala y vi a mis padres en el trono y Emmet de rodillas ante ellos con cara de sufrimiento, mierda, me había olvidado del golpe que le había propinado en la cabeza a Emmet dejándole en el bosque.
-Padre, Emmet no tiene la culpa fui yo quien le dejo inconsciente, le propine un golpe en la cabeza, para marcharme sin él y poder ver a mi chica misteriosa-mis lagrimas comenzaron a salir dejándome de rodillas derrumbado- pero ya no tiene caso, ponerme el mas severo castigo, porque ya nada siento ni padezco, perdí el amor de mi vida y mi alma con ella-note los brazos de mi madre rodeando mi cuerpo, me acompaño hasta mi habitación, tumbándome en la cama como pudo, yo hice el resto con las pocas energías que me quedaban.
Fue una noche larga, por no decir eterna, no podía cerrar los ojos sin oír el llanto desgarrador de Jane, eso hacia mas dolorosa la perdida, no sabia como aguantaría el paso de los días, de los minutos incluso sin saber de ella, de cómo estaba o se encontraba, mi hermosa Julieta……
Bella
Allí me quede, destrozada, tirada en el suelo, rota en mil pedazos, sin poder parar mis lagrimas, sabia que al regresar al reino me caería reprimenda, pero no fue así, nadie había notado mi ausencia, me di un baño con mis ultimas fuerzas y me acosté, no cerré los ojos, no lo soportaba, solo hacia que ver el odio en los ojos de Edward, su manera de hablarme, su duro rechazo, hacia tan solo unos minutos antes, estábamos tan enamorados…….
3 meses después
Ya habían pasado 3 meses de mi ruptura o lo que realmente fuera con Edward, en el reino todos estaban inquietos, decían que una guerra peligrosa se nos avecinaba encima, la verdad ya nada me importaba, llevaba estos tres meses como un cuerpo sin vida, mis padres no habían puesto demasiado interés sobre mi estado debido a la guerra, bajaba hacia el jardín a tomar un poco de aire, cuando en el gran salón oí a mis padres hablar.
-James deberíamos atacar al reino Linzzer y Violeta para que no puedan ayudar a las hadas, duendes, ángeles, serian demasiados y muy fuertes contra nosotros- dijo mi madre preocupada.
Salí corriendo al jardín pensando en que mi gran amor, podía verse envuelto en una guerra mortal, perdiendo la vida en ella…, no soportaba esa idea y me dolía mas no poder avisarle, sabiendo lo que se avecinaba, sabia que nadie del reino me ayudaría y mas por ser de quien se trataba de avisar, el enemigo, aunque para mi no lo eran, mi reino no opinaba lo mismo, intentaba pensar un plan, algún modo de salir del reino sin que nadie se diera cuenta y como poder acercarme al reino Linzzer sin que me matasen para poder decirle a Edward lo que les iba a ocurrir.
Salí del reino, vi que nadie me seguía, no creo que notaran mi ausencia si era así, les diría que había salido a caminar, llegue al bosque donde nos conocimos, oí el galope de un caballo, estaba asustada de que mis padres hubiesen mandando a alguien a por mí, me puse detrás de un árbol, cuando vi que era Edward cabalgando en su caballo e iba con un chico al lado, salí de detrás del árbol y le llame, temerosa de su reacción.
-Edward-dije dando un pequeño grito- necesito avisarte de algo urgente y muy importante.
Paro su caballo y miro mi cara extrañado, el chaval se puso en postura de ataque mirándome.
-Jane que haces aquí-dijo sorprendido- ¿que tienes que contarme tan importante?
-Se trata de una guerra hacia tu reino, los hadas, ángeles y duendes quieren unir fuerzas con tu reino y el reino Violeta y mis padres temen que sean demasiados poderosos todos juntos y quiere atacar a tu reino y al de tu prometida-dije tristemente- solo necesita avisarte nada mas, ya me marcho no quiero que nadie note mi ausencia en el reino.
Edward
-¡Jane, espera! –ella se giró y comenzó a caminar rápidamente, haciendo caso omiso a mi llamada. Bajé de mi caballo y la perseguí, y cuando llegué a su lado la cogí del brazo. Ella se detuvo pero ni siquiera se dignó a mirarme.- ¿Por qué has hecho esto? ¿Por qué has venido a avisarme?
- Qué importa eso Edward –dijo con la cabeza cabizbaja, sin atreverse a enfrentar su vista con la mía.- Sentí que era algo que debía hacer. No le des más vueltas. Ya estás avisado del peligro que corre tu reino. Ahora suéltame para que pueda volver a mi casa.- Intentó zafarse de mí, pero era incapaz de soltarla… había pensado tanto en ella en este tiempo. ¿Cómo estaría? ¿Me extrañaría? Ahora que volvía a verla, sentía que no podía volver a dejarla marchar.
- Quédate conmigo… -susurré sin pensar. Al momento me arrepentí de mis palabras. Yo era el que la había alejado de mí. Ella volteó su cabeza hacía mí, sorprendida de mis palabras. Vi que tenía los ojos llenos de lágrimas, lo que me provocó un profundo pesar. Ella lloraba porque yo le había hecho daño. Intenté acercarla más a mí para secarle su llanto, pero aprovechó mi distracción para soltarse y empezar a correr. Me quedé quieto durante unos segundos, sin poder reaccionar, pero inmediatamente me subí a mi caballo y salí tras ella. Tenía que disculparme, decirle que todo lo que le había dicho la última vez que nos habíamos visto era mentira, que no había pasado un solo día sin pensar en ella…
La localicé pronto, pero era demasiado rápida, y zigzagueaba haciéndome más difícil interrumpir su huida. Pero su pie se enredó con la raíz de un árbol y cayó al suelo. Se quedó allí tendida mientras empezaba a llorar quedamente. Me bajé nuevamente del caballo y me acerqué a ella, cogiéndola en mis brazos para consolarla. Ella se aferró a mí con fuerza y se quedó en mi regazo. Al cabo de unos minutos, dejó de llorar y su respiración se fue normalizando. Cuando me di cuenta se había quedado dormida… Y en su cara se veía una gran sonrisa de felicidad.
28 mar 2010
24 mar 2010
Capítulo 5: DESTROZO
Bella
Salí corriendo del castillo antes de que nadie notara que no estaba. Esperaba que nadie me siguiese ni me encontrase. Quería llegar al bosque, porque tenía la esperanza de que mi chico misterioso estuviera allí de nuevo.
Intenté encontrar el claro de la otra vez, pero por más vueltas que daba no daba con él. Me metí a una zona del bosque muy frondosa. Entonces me di cuenta de que estaba perdida.
Edward
Cabalgué velozmente hasta el reino Alatar. Quería llegar cuanto antes y volver a ver a la chica que me quitaba el aliento, quería conocer su nombre y todo de ella.
Cuando llegué no había nadie. Bajé de mi caballo y até las riendas a la rama de un árbol para que no se alejase demasiado. Me senté a esperar, pero notaba que me pesaban los párpados y sin poder evitarlo me quedé durmiendo.
Un ruido me despertó sobresaltado. No sabía cuanto rato había dormido, pero lo que oí me resultó desgarrador. Sonaba como mi ángel, pero mi ángel lloraba y gritaba. Me levanté rápidamente y seguí su voz. Tenía que encontrarla, tenía que ayudarla y saber cuál era el motivo de su tristeza…
Llegué a una zona muy frondosa. Me costaba mucho avanzar, pero cada vez oía su voz más cerca, y era lo único que me animaba a seguir. Después de unos momentos conseguí llegar hasta ella. Estaba tirada en el suelo, encogida y demacrada. No debió oír que me acercaba, porque no se inmutó en ningún momento. Me acerqué con cuidado y puse una mano en su hombro. Ella calló su llanto y me miró, asustada, pero cuando vio que era yo, noté como se relajaba e intentó sonreírme, aunque le salió una mueca extraña. Me agaché y la abracé con cuidado y ella volvió a llorar mientras me abrazaba también.
- ¿Eres un sueño? –Me dijo entre sollozos- ¿Una jugarreta de mi imaginación?
- ¿Por qué decís eso? –le pregunté mientras secaba sus lágrimas una a una.
- Salí a buscaros y me perdí –cuando dijo esto se sonrojó profundamente y apartó su mirada. Yo la atraje de nuevo hacia mí mientras le sonreía.
- Yo también vine a buscaros, no tenéis porque avergonzaros. Pasé todo el día de ayer pensando en vos. Sólo deseaba volver a veros… a pesar de no conocer ni vuestro nombre.
- Jane… me llamo Jane Nioman. Y a mí me pasó lo mismo que a vos, sólo pensé en lo mucho que quería volver a veros –me dijo todavía un poco sonrojada.
- ¿Nioman? –Pregunté con temor en mi voz- ¿Eres hija de los reyes del reino Alatar?
- Sí, soy la princesa del reino… ¿Por qué? –me dijo cuando notó mi nerviosismo.
- Princesa, mi nombre es Edward… Cullen. Pertenezco al reino Linzzer, y al igual que vos, soy el heredero del reino. Pero mi familia está enfrentada con la vuestra. –había tal grado de tristeza en mi voz… ¿cómo pude enamorarme de esta chica? Nunca podríamos estar juntos, nuestra familia nunca nos apoyaría. La miré a los ojos y los vi de nuevo inundados de lágrimas, cogió mi mano con la suya y las entrelazó.
- ¿Por qué debemos ser enemigos? Mira nuestras manos, encajan a la perfección. No somos diferentes, sólo es el apellido el que nos separa… igual que en Romeo y Julieta –puso cara de dolor al decir esto último- Ayer sólo pensé en lo mucho que quería que fueses mi Romeo, pero ni por asomo imaginé que nuestra historia sería tan parecida.
- No, lo nuestro es peor. Mi familia os mataría si alguna vez cruzarais los límites de mi reino, y la misma suerte correría yo de que alguien se enterara que estoy aquí… Además, ya estoy comprometido. –ella me miró cuando le dije esto último- Pero no hay amor en esta unión. Es un acuerdo de mis padres junto a los reyes del reino Violeta… Siempre he tenido la esperanza de encontrar a alguien con quien compartir mi vida, y hacer que todo fuese diferente… Y ayer pensé que vos marcaríais esa diferencia, aunque no de este modo.
Ella me abrazó con más fuerza y nos quedamos allí, acurrucados, sin decirnos nada. Lo nuestro nunca sería posible… pero un gran nudo se instaló en mi pecho, impidiéndome respirar con normalidad al pensar en esto.
No podía creerme que hubiese encontrado a mi amor, mi luz y nuestra relación no fuese nunca posible por la rivalidad de nuestros reinos, sabia que mis padres no me apoyarían y menos por tratarse de la princesa del reino Alatar y sus padres harían lo mismo conmigo, mis lagrimas empezaron a salir descontroladas notando los brazos de Jane protegiéndome, dándome fuerzas, pero solo hice que derrumbarme mas, mostrándole todo el amor que sentía por ella en cada lagrima que salía de mis ojos.
-Edward por favor no llores-me abrazo mas fuerte- no soporto ver como sufres, haremos todo lo posible para vernos, para estar juntos, si hay que luchar se lucha, pero no voy a dejar que me separen nunca de ti, si he de sufrir la muerte para poder estar contigo en algún lugar la sufriré.
-Eso nunca Jane, no voy a permitir que te quites la vida, menos para estar conmigo- solo pasaban imágenes de su muerte por mi mente, no podía permitir que se quitara la vida para estar conmigo, no lo soportaría- Jane no vamos a estar nunca juntos, no podemos, así es nuestro destino, estoy comprometido con Ángela Swan y tengo que cumplir mi palabra de casamiento- me levante del suelo mirándola tristemente.
-Yo también estoy comprometida Edward, pero no deseo esa boda, no amo a Mike, ni nunca le podré amar, es cruel, malvado, un ser horrible y aunque también debería de cumplir mi palabra de casamiento por evitar una guerra a mi reino, te amo a ti-dijo todavía en el suelo llorando- solo deseo estar contigo, aunque me destierren de mi reino.
No sabia como poder detener todas esas locuras que se la ocurrían hacer para que pudiésemos estar juntos y aunque era lo que mas deseaba sabia que podría acabar muerta, encarcelada o maltratada, eso no podía permitírselo, por lo que subí el tono de voz y me puse serio mirándola con un odio tan fingido que me daba miedo que no creyera ni una palabra que la iba a decir.
-Jane, deja de fantasear de verdad, esto es la vida real y aunque Romeo y Julieta es una historia de amor fantástica, es solo eso, una historia, debes centrarte en la vida, aquí ahora mismo, no podemos estar juntos ni lo estaremos, no pienso provocar una guerra por un enamoramiento adolescente, que es lo que estamos sufriendo- dije dejándola de mirar y dándome media vuelta, empecé a escuchar su llanto, me moría de ganas de ir abrazarla y decirla que todo lo que la había dicho era mentira, pero no podía, no debía, me marche hacia mi caballo, cuando estuve lo suficiente lejos de donde ella se encontraba, comencé un llanto desesperado que salía ardiendo de mi alma.
Salí corriendo del castillo antes de que nadie notara que no estaba. Esperaba que nadie me siguiese ni me encontrase. Quería llegar al bosque, porque tenía la esperanza de que mi chico misterioso estuviera allí de nuevo.
Intenté encontrar el claro de la otra vez, pero por más vueltas que daba no daba con él. Me metí a una zona del bosque muy frondosa. Entonces me di cuenta de que estaba perdida.
Edward
Cabalgué velozmente hasta el reino Alatar. Quería llegar cuanto antes y volver a ver a la chica que me quitaba el aliento, quería conocer su nombre y todo de ella.
Cuando llegué no había nadie. Bajé de mi caballo y até las riendas a la rama de un árbol para que no se alejase demasiado. Me senté a esperar, pero notaba que me pesaban los párpados y sin poder evitarlo me quedé durmiendo.
Un ruido me despertó sobresaltado. No sabía cuanto rato había dormido, pero lo que oí me resultó desgarrador. Sonaba como mi ángel, pero mi ángel lloraba y gritaba. Me levanté rápidamente y seguí su voz. Tenía que encontrarla, tenía que ayudarla y saber cuál era el motivo de su tristeza…
Llegué a una zona muy frondosa. Me costaba mucho avanzar, pero cada vez oía su voz más cerca, y era lo único que me animaba a seguir. Después de unos momentos conseguí llegar hasta ella. Estaba tirada en el suelo, encogida y demacrada. No debió oír que me acercaba, porque no se inmutó en ningún momento. Me acerqué con cuidado y puse una mano en su hombro. Ella calló su llanto y me miró, asustada, pero cuando vio que era yo, noté como se relajaba e intentó sonreírme, aunque le salió una mueca extraña. Me agaché y la abracé con cuidado y ella volvió a llorar mientras me abrazaba también.
- ¿Eres un sueño? –Me dijo entre sollozos- ¿Una jugarreta de mi imaginación?
- ¿Por qué decís eso? –le pregunté mientras secaba sus lágrimas una a una.
- Salí a buscaros y me perdí –cuando dijo esto se sonrojó profundamente y apartó su mirada. Yo la atraje de nuevo hacia mí mientras le sonreía.
- Yo también vine a buscaros, no tenéis porque avergonzaros. Pasé todo el día de ayer pensando en vos. Sólo deseaba volver a veros… a pesar de no conocer ni vuestro nombre.
- Jane… me llamo Jane Nioman. Y a mí me pasó lo mismo que a vos, sólo pensé en lo mucho que quería volver a veros –me dijo todavía un poco sonrojada.
- ¿Nioman? –Pregunté con temor en mi voz- ¿Eres hija de los reyes del reino Alatar?
- Sí, soy la princesa del reino… ¿Por qué? –me dijo cuando notó mi nerviosismo.
- Princesa, mi nombre es Edward… Cullen. Pertenezco al reino Linzzer, y al igual que vos, soy el heredero del reino. Pero mi familia está enfrentada con la vuestra. –había tal grado de tristeza en mi voz… ¿cómo pude enamorarme de esta chica? Nunca podríamos estar juntos, nuestra familia nunca nos apoyaría. La miré a los ojos y los vi de nuevo inundados de lágrimas, cogió mi mano con la suya y las entrelazó.
- ¿Por qué debemos ser enemigos? Mira nuestras manos, encajan a la perfección. No somos diferentes, sólo es el apellido el que nos separa… igual que en Romeo y Julieta –puso cara de dolor al decir esto último- Ayer sólo pensé en lo mucho que quería que fueses mi Romeo, pero ni por asomo imaginé que nuestra historia sería tan parecida.
- No, lo nuestro es peor. Mi familia os mataría si alguna vez cruzarais los límites de mi reino, y la misma suerte correría yo de que alguien se enterara que estoy aquí… Además, ya estoy comprometido. –ella me miró cuando le dije esto último- Pero no hay amor en esta unión. Es un acuerdo de mis padres junto a los reyes del reino Violeta… Siempre he tenido la esperanza de encontrar a alguien con quien compartir mi vida, y hacer que todo fuese diferente… Y ayer pensé que vos marcaríais esa diferencia, aunque no de este modo.
Ella me abrazó con más fuerza y nos quedamos allí, acurrucados, sin decirnos nada. Lo nuestro nunca sería posible… pero un gran nudo se instaló en mi pecho, impidiéndome respirar con normalidad al pensar en esto.
No podía creerme que hubiese encontrado a mi amor, mi luz y nuestra relación no fuese nunca posible por la rivalidad de nuestros reinos, sabia que mis padres no me apoyarían y menos por tratarse de la princesa del reino Alatar y sus padres harían lo mismo conmigo, mis lagrimas empezaron a salir descontroladas notando los brazos de Jane protegiéndome, dándome fuerzas, pero solo hice que derrumbarme mas, mostrándole todo el amor que sentía por ella en cada lagrima que salía de mis ojos.
-Edward por favor no llores-me abrazo mas fuerte- no soporto ver como sufres, haremos todo lo posible para vernos, para estar juntos, si hay que luchar se lucha, pero no voy a dejar que me separen nunca de ti, si he de sufrir la muerte para poder estar contigo en algún lugar la sufriré.
-Eso nunca Jane, no voy a permitir que te quites la vida, menos para estar conmigo- solo pasaban imágenes de su muerte por mi mente, no podía permitir que se quitara la vida para estar conmigo, no lo soportaría- Jane no vamos a estar nunca juntos, no podemos, así es nuestro destino, estoy comprometido con Ángela Swan y tengo que cumplir mi palabra de casamiento- me levante del suelo mirándola tristemente.
-Yo también estoy comprometida Edward, pero no deseo esa boda, no amo a Mike, ni nunca le podré amar, es cruel, malvado, un ser horrible y aunque también debería de cumplir mi palabra de casamiento por evitar una guerra a mi reino, te amo a ti-dijo todavía en el suelo llorando- solo deseo estar contigo, aunque me destierren de mi reino.
No sabia como poder detener todas esas locuras que se la ocurrían hacer para que pudiésemos estar juntos y aunque era lo que mas deseaba sabia que podría acabar muerta, encarcelada o maltratada, eso no podía permitírselo, por lo que subí el tono de voz y me puse serio mirándola con un odio tan fingido que me daba miedo que no creyera ni una palabra que la iba a decir.
-Jane, deja de fantasear de verdad, esto es la vida real y aunque Romeo y Julieta es una historia de amor fantástica, es solo eso, una historia, debes centrarte en la vida, aquí ahora mismo, no podemos estar juntos ni lo estaremos, no pienso provocar una guerra por un enamoramiento adolescente, que es lo que estamos sufriendo- dije dejándola de mirar y dándome media vuelta, empecé a escuchar su llanto, me moría de ganas de ir abrazarla y decirla que todo lo que la había dicho era mentira, pero no podía, no debía, me marche hacia mi caballo, cuando estuve lo suficiente lejos de donde ella se encontraba, comencé un llanto desesperado que salía ardiendo de mi alma.
20 mar 2010
Capítulo 4: PLANES
Me acosté en la cama, todavía llorando, no podía creerme que mis padres me obligaran a casarme con alguien que apenas conocía, sin amarle y siendo tan joven, me quede dormida tarde, seguramente del cansancio del llanto. Jessica llamo a mi puerta, para prepararme el baño caliente y ayudarme a vestir, odiaba todo eso; nada mas entrar al agua, mi mente recordó los bonitos versos de Romeo con la dulce voz del chico misterioso del bosque.
Edward
Llegue al reino sin dejar de pensar en ella, esos ojos verdes, esos cabellos castaños, aquella voz angelical, la voz de mi padre me saco de mis recuerdos, llevándome de vuelta aquel lugar cruel donde no se encontraba ella.
-Edward, ¿Dónde has estado toda la tarde?-dijo mi padre entre gritos- te hemos dicho millones de veces que no salgas del reino, sin compañía, debes de tener cuidado.
-Padre, lo siento mucho- dije agachando la mirada-pero el reino me le conozco y necesitaba un sitio tranquilo para paseo y gracias a ese paseo-sonreí- conocí al ángel mas bello y maravilloso del mundo.
Mi madre me miro asustada, con la cara desfigurada, se levanto del trono, viniendo a mí poco a poco, cambiando el semblante a que se acercaba.
-Hijo mío-me abrazo- tus ojos me dicen que estas enamorado.
-Si, madre es cierto-dije respondiéndola al abrazo- quiero volverla a ver, mis latidos me lo piden para poder seguir su marcha.
-Hijo no debes enamorarte, estas comprometido con la princesa Ángela Swan, pero-se separo de mi un poco-¿como se llama la afortunada de robar el corazón de mi hijo?
-Madre, no lo se, estábamos hablando de literatura y salio corriendo, sin despedirse ni decir nada- me entristecí- no se de donde es, ni a que reino pertenece.
-Edward hijo mío- dijo mi padre-conoces a la gente de casi todos los reinos excepto del Reino Alatar—me miro- cosa que esta terminantemente prohibido, si esa chica tiene algo que ver con el lado oscuro; será condenada a muerte en nuestro reino- dijo Carlisle duramente.
-pero padre- dije replicando.
-nada, Edward, márchate ahora mismo a tus aposentos, a pensar todo con cabeza y frialdad, no siempre podemos seguir los latidos de nuestro corazón, porque eso nos debilita ante el rival.
Salí del salón enfurecido, no tenia el apoyo de mis padres, no quería a Ángela, la veía como a mi hermana de pequeña, querían unir nuestros reinos pisando nuestra felicidad, necesitaba volver a ver a mi ángel, volver a escuchar su linda voz, saber su nombre, de donde procedía, subí a mi cuarto y me acosté en la cama, mi mayor pesadilla vino a mi mente, la boda con Ángela Swan, me desperté de repente, ya era de día, me vestí y salí a cabalgar por el reino, sabia que mis padres andarían vigilando que no saliese solo de él.
Cuando crucé las puertas de palacio oí un caballo que se acercaba. Me giré para averiguar quien era y me encontré con Emmet, mi escudero, que venía tras de mí.
- ¿Dónde vais?- le pregunté con un tono un tanto molesto.
- Sus padres me dijeron que tenía que vigilarle. No me dijeron la razón, alteza, pero sabéis que no puedo desobedecer sus órdenes –me contestó
- Por favor, no me llames alteza, sabes que lo detesto… -le dije mientras mi cabeza bullía buscando una forma de librarme de él y salir en busca de esa chica.
- Es mi deber, señor. Sería una grosería por mi parte llamaros de otra manera. Por cierto, ¿dónde ibais?
- No lo tenía decidido todavía –le contesté mientras seguía pensando. De pronto, una idea vino a mi cabeza- ¿Qué te parece si vamos de caza? Hace mucho tiempo que no salimos…
- Me parece una excelente idea, mi señor. Cojamos las cosas necesarias y vayamos, pues.
Salimos ambos hacia el bosque, cada uno con su arma, que consistía en una escopeta y cada uno llevaba unos cartuchos. Nos fuimos al bosque reservado para la familia real, nos bajamos del caballo, y nos pusimos a buscar a alguna presa. Emmet iba delante de mí, así que en un descuido le di con fuerza con la culata del arma. Él cayó al suelo, inconsciente. Miré por si le había hecho alguna herida de gravedad, pero no había nada. Como mucho en 15 minutos volvería a estar despierto, así que no tenía tiempo que perder. Volví a montar en mi caballo y me dirigí hacia el bosque de ayer.
- Voy a ver a mi Julieta –dije mientras una sonrisa se dibujaba en mi rostro…
Bella
Estaba desolada. Mis padres me habían prohibido volver al bosque sola, y sobre todo, me habían prohibido volver a ver a mi chico misterioso. Eso me dolía más que cualquier otra cosa, necesitaba volver a verle, saber su nombre y seguir recitándonos mutuamente versos de Shakespeare al oído. Pero todos esos sueños y deseos morían dentro de mí.
Abrí mi libro de Romeo y Julieta, y recité de nuevo los versos que nos dijimos en el bosque para mí misma, mientras recordaba sus palabras, sus ojos, sus labios, su olor… Dejé que la literatura me invadiese y me permití fantasear con que era Julieta, y aquel chico era mi Romeo, y que podríamos abrazarnos libremente, sin miedos ni impedimentos…
Cuando más ensimismada estaba, mi aya me llamó. No la tenía en gran estima, ya que era una chica fría y meticulosa, no le gustaba que nada escapase a su control. Infinidad de veces me quejé de ella a mis padres, pero ellos decían que para educarme había que tener mano dura, y Tanya tenía suficiente de eso para mí. Salí en su busca, porque si me retrasaba tendríamos alguna disputa, y no quería hacer enfadar más a mis padres.
- ¿Qué queréis? –le pregunté en cuanto llegué a sus aposentos.
- Vuestros padres me han comentado sobre el incidente del bosque. Eso me hace pensar que he descuidado vuestra educación, y que debería teneros un poquito más controlada –me dijo ella sin inmutarse, lo que hizo que yo me enfadara.
- ¿Un poquito más controlada? Si apenas salgo del castillo, y rara es la vez que lo hago sin compañía. –empecé a decirle un tanto moleste- ¿Qué queréis de mí? ¿Qué me aten en mi cuarto como si fuera un vil ladrón y sólo soltarme para las comidas y las horas de estudio?
- No seáis tan dramática, princesa Jane –dijo ella sin cambiar la expresión de su rostro- gozáis de más libertad de la que deberíais, y además, una jovencita de vuestra edad no debería salir nunca sola de casa. Pero cambiemos de tema. Os he llamado para informaros que a partir de ahora, dedicaremos las tardes a enseñaros labores del hogar para prepararos para vuestro futuro matrimonio.
- No pienso casarme con Mike, así que no es necesaria las labores de aprendizaje.
- No os estoy pidiendo permiso, princesa. Sólo os estoy informando de lo que haréis, tanto si os gusta, como sino –dijo Tanya, visiblemente molesta de ver como la contradecía. Una idea vino de pronto a mi mente, y tuve que ocultar mi sonrisa para que no descubriese mis planes.
- De acuerdo, ama. Será como vos digáis –le contesté con tono mordaz, mientras me giraba de vuelva a mi cuarto, intentando no correr demasiado.
Cuando llegué a mi habitación, cerré la puerta con llave para que nadie me sorprendiese. Me dirigí hacia mi cama, pero en vez de acostarme, me metí debajo y busqué el tablero que estaba suelto. Lo había descubierto unos años atrás y allí escondía todo lo que tenía cierto valor para mí, para que ni Tanya ni mis padres lo encontrasen y me hicieran deshacerme de ello. Busqué entre todos mis recuerdos, hasta que encontré el libro que estaba buscando, “Plantas medicinales, infusiones y propiedades”. Sonreía mientras buscaba lo que quería, hasta que llegué a una página en especial: “Polvos de sueño, vierta estos polvos en cualquier comida o bebida y en poco tiempo disfrutará de un relajante y placentero sueño”
Lo sentía mucho por Tanya, porque mis padres le echarían una buena regañina… Pero quería volver a ver a mi Romeo, y ella no me lo ponía nada fácil.
Edward
Llegue al reino sin dejar de pensar en ella, esos ojos verdes, esos cabellos castaños, aquella voz angelical, la voz de mi padre me saco de mis recuerdos, llevándome de vuelta aquel lugar cruel donde no se encontraba ella.
-Edward, ¿Dónde has estado toda la tarde?-dijo mi padre entre gritos- te hemos dicho millones de veces que no salgas del reino, sin compañía, debes de tener cuidado.
-Padre, lo siento mucho- dije agachando la mirada-pero el reino me le conozco y necesitaba un sitio tranquilo para paseo y gracias a ese paseo-sonreí- conocí al ángel mas bello y maravilloso del mundo.
Mi madre me miro asustada, con la cara desfigurada, se levanto del trono, viniendo a mí poco a poco, cambiando el semblante a que se acercaba.
-Hijo mío-me abrazo- tus ojos me dicen que estas enamorado.
-Si, madre es cierto-dije respondiéndola al abrazo- quiero volverla a ver, mis latidos me lo piden para poder seguir su marcha.
-Hijo no debes enamorarte, estas comprometido con la princesa Ángela Swan, pero-se separo de mi un poco-¿como se llama la afortunada de robar el corazón de mi hijo?
-Madre, no lo se, estábamos hablando de literatura y salio corriendo, sin despedirse ni decir nada- me entristecí- no se de donde es, ni a que reino pertenece.
-Edward hijo mío- dijo mi padre-conoces a la gente de casi todos los reinos excepto del Reino Alatar—me miro- cosa que esta terminantemente prohibido, si esa chica tiene algo que ver con el lado oscuro; será condenada a muerte en nuestro reino- dijo Carlisle duramente.
-pero padre- dije replicando.
-nada, Edward, márchate ahora mismo a tus aposentos, a pensar todo con cabeza y frialdad, no siempre podemos seguir los latidos de nuestro corazón, porque eso nos debilita ante el rival.
Salí del salón enfurecido, no tenia el apoyo de mis padres, no quería a Ángela, la veía como a mi hermana de pequeña, querían unir nuestros reinos pisando nuestra felicidad, necesitaba volver a ver a mi ángel, volver a escuchar su linda voz, saber su nombre, de donde procedía, subí a mi cuarto y me acosté en la cama, mi mayor pesadilla vino a mi mente, la boda con Ángela Swan, me desperté de repente, ya era de día, me vestí y salí a cabalgar por el reino, sabia que mis padres andarían vigilando que no saliese solo de él.
Cuando crucé las puertas de palacio oí un caballo que se acercaba. Me giré para averiguar quien era y me encontré con Emmet, mi escudero, que venía tras de mí.
- ¿Dónde vais?- le pregunté con un tono un tanto molesto.
- Sus padres me dijeron que tenía que vigilarle. No me dijeron la razón, alteza, pero sabéis que no puedo desobedecer sus órdenes –me contestó
- Por favor, no me llames alteza, sabes que lo detesto… -le dije mientras mi cabeza bullía buscando una forma de librarme de él y salir en busca de esa chica.
- Es mi deber, señor. Sería una grosería por mi parte llamaros de otra manera. Por cierto, ¿dónde ibais?
- No lo tenía decidido todavía –le contesté mientras seguía pensando. De pronto, una idea vino a mi cabeza- ¿Qué te parece si vamos de caza? Hace mucho tiempo que no salimos…
- Me parece una excelente idea, mi señor. Cojamos las cosas necesarias y vayamos, pues.
Salimos ambos hacia el bosque, cada uno con su arma, que consistía en una escopeta y cada uno llevaba unos cartuchos. Nos fuimos al bosque reservado para la familia real, nos bajamos del caballo, y nos pusimos a buscar a alguna presa. Emmet iba delante de mí, así que en un descuido le di con fuerza con la culata del arma. Él cayó al suelo, inconsciente. Miré por si le había hecho alguna herida de gravedad, pero no había nada. Como mucho en 15 minutos volvería a estar despierto, así que no tenía tiempo que perder. Volví a montar en mi caballo y me dirigí hacia el bosque de ayer.
- Voy a ver a mi Julieta –dije mientras una sonrisa se dibujaba en mi rostro…
Bella
Estaba desolada. Mis padres me habían prohibido volver al bosque sola, y sobre todo, me habían prohibido volver a ver a mi chico misterioso. Eso me dolía más que cualquier otra cosa, necesitaba volver a verle, saber su nombre y seguir recitándonos mutuamente versos de Shakespeare al oído. Pero todos esos sueños y deseos morían dentro de mí.
Abrí mi libro de Romeo y Julieta, y recité de nuevo los versos que nos dijimos en el bosque para mí misma, mientras recordaba sus palabras, sus ojos, sus labios, su olor… Dejé que la literatura me invadiese y me permití fantasear con que era Julieta, y aquel chico era mi Romeo, y que podríamos abrazarnos libremente, sin miedos ni impedimentos…
Cuando más ensimismada estaba, mi aya me llamó. No la tenía en gran estima, ya que era una chica fría y meticulosa, no le gustaba que nada escapase a su control. Infinidad de veces me quejé de ella a mis padres, pero ellos decían que para educarme había que tener mano dura, y Tanya tenía suficiente de eso para mí. Salí en su busca, porque si me retrasaba tendríamos alguna disputa, y no quería hacer enfadar más a mis padres.
- ¿Qué queréis? –le pregunté en cuanto llegué a sus aposentos.
- Vuestros padres me han comentado sobre el incidente del bosque. Eso me hace pensar que he descuidado vuestra educación, y que debería teneros un poquito más controlada –me dijo ella sin inmutarse, lo que hizo que yo me enfadara.
- ¿Un poquito más controlada? Si apenas salgo del castillo, y rara es la vez que lo hago sin compañía. –empecé a decirle un tanto moleste- ¿Qué queréis de mí? ¿Qué me aten en mi cuarto como si fuera un vil ladrón y sólo soltarme para las comidas y las horas de estudio?
- No seáis tan dramática, princesa Jane –dijo ella sin cambiar la expresión de su rostro- gozáis de más libertad de la que deberíais, y además, una jovencita de vuestra edad no debería salir nunca sola de casa. Pero cambiemos de tema. Os he llamado para informaros que a partir de ahora, dedicaremos las tardes a enseñaros labores del hogar para prepararos para vuestro futuro matrimonio.
- No pienso casarme con Mike, así que no es necesaria las labores de aprendizaje.
- No os estoy pidiendo permiso, princesa. Sólo os estoy informando de lo que haréis, tanto si os gusta, como sino –dijo Tanya, visiblemente molesta de ver como la contradecía. Una idea vino de pronto a mi mente, y tuve que ocultar mi sonrisa para que no descubriese mis planes.
- De acuerdo, ama. Será como vos digáis –le contesté con tono mordaz, mientras me giraba de vuelva a mi cuarto, intentando no correr demasiado.
Cuando llegué a mi habitación, cerré la puerta con llave para que nadie me sorprendiese. Me dirigí hacia mi cama, pero en vez de acostarme, me metí debajo y busqué el tablero que estaba suelto. Lo había descubierto unos años atrás y allí escondía todo lo que tenía cierto valor para mí, para que ni Tanya ni mis padres lo encontrasen y me hicieran deshacerme de ello. Busqué entre todos mis recuerdos, hasta que encontré el libro que estaba buscando, “Plantas medicinales, infusiones y propiedades”. Sonreía mientras buscaba lo que quería, hasta que llegué a una página en especial: “Polvos de sueño, vierta estos polvos en cualquier comida o bebida y en poco tiempo disfrutará de un relajante y placentero sueño”
Lo sentía mucho por Tanya, porque mis padres le echarían una buena regañina… Pero quería volver a ver a mi Romeo, y ella no me lo ponía nada fácil.
15 mar 2010
Capítulo 3: DESCONOCIDO
10 AÑOS DESPUÉS
El príncipe Edward paseaba por el bosque cercano al reino Alatar. Sabía que no debía andar por aquella zona, pero estaba aburrido de pasear por su reino. Las chicas lo atosigaban, lo que él quería era tranquilidad. Acababa de cumplir la mayoría de edad, aunque no le importaba en absoluto. No dejaba de pensar en la promesa que su madre le había hecho diez años atrás. Ella pensaba que él no lo recordaba, pero lo tenía muy presente en su día a día. Había intentado encontrar a la chica adecuada, aquella que hiciera que él mundo dejase de girar sólo con su presencia, pero no aparecía… Pensó en Ángela, en lo mucho que la quería, pero aquello no era amor. Ella no era el amor de su vida. Y ella lo veía como un hermano mayor, jugaban juntos muy a menudo, ya que ella todavía tenía 12 años… Era una gran diferencia de edad, aunque en unos años más dejaría de notarse tanto. Siguió paseando por el bosque cuando oyó una voz, y que voz… Sonaba como si un ángel hubiese bajado del cielo. Quería saber a quién pertenecía…
La princesa Jane, aunque ese no fuese su verdadero nombre, paseaba por el bosque del reino. Sus padres, James y Victoria, nunca le permitían salir de los terrenos de palacio, pero aprovechando su ausencia, decidió ir a pasear fuera. No tendrían porque enterarse. Llevaba su libro favorito, Romeo y Julieta, y estaba buscando el lugar adecuado para ponerse a leer con tranquilidad. Tenía que esconder ese libro, porque sus padres no dejaban de decirle que esas historias fantásticas de amor y aventuras no hacían más que corromper su cabeza, haciendo que su imaginación crease cosas que en verdad no existían. Ella pensaba que un amor como el que se tenían Romeo y Julieta era demasiado maravilloso como para ser inventado. Algún día ella conocería a alguien que se convertiría en el amor de su vida, y vivirían juntos para siempre… Aunque el final del libro era trágico, ella no tenía porque acabar igual que ellos. Sus padres no tenían enemigos como los Capuleto o los Montesco, así que podía estar tranquila por aquella parte.
Sus padres insistían en llevarlas a fiestas de sociedad, para que conociese a los chicos de la clase alta. Ella iba obligada, demasiado arreglada como para ir cómoda, y tenía que escuchar a todos los chicos decirle una tontería detrás de otra. Eran tan aburridos… Que si mi padre me comprará este deportivo nuevo, que si en mi hacienda tengo tantos caballos… Ella quería alguien con quien poder hablar de verdad, con quien compartir sus gustos literarios y musicales, que cada día a su lado fuese único y especial…
Finalmente llegó a un claro. Ese lugar era perfecto, el sol entraba entre los árboles iluminándolo entero, y los arbustos con flores parecían el lugar ideal donde sentarse cómodamente a leer durante horas. Se dejó caer suavemente en uno de ellos y comenzó a sonreír. Era todavía más cómodo de lo que había imaginado. Abrió su libro y comenzó a leer, recitando los versos en voz alta. Estaba tan extasiada mientras hacía esto, que olvidó todo lo que tenía a su alrededor. Se quedó callada inmediatamente, mirando fijamente desde donde provenía al ruido, y apareció un chico. Se quedó mirándole a los ojos. Eran de un verde esmeralda intenso, que hacía que perdiera el sentido y la noción de todo lo que tenía alrededor…
Los dos chicos se quedaron mirando fijamente. Ambos pensaban que el otro era una alucinación, la respuesta a sus plegarias después de tanto tiempo. Edward la miró como si fuera la primera vez que podía ver…
- Por favor, no paréis –le dijo Edward a Jane- Seguid con los versos de Julieta. Me encanta esa obra.
- ¿De verdad? –Contestó Jane, poniéndose de pie y dirigiéndose a él- Eres el primer chico que no me dice que la literatura es una tontería…
- ¿Quién os dijo eso? Nada que escribiera Shakespeare podría ser calificado de tontería –le dijo Edward acercándose más a ella y cogiendo su mano.
- “¡Ah, es mi dama, es mi amor! ¡Ojala lo supiera! Mueve los labios, mas no habla. No importa: hablan sus ojos; voy a responderles. ¡Qué presuntuoso! No me habla a mí. Dos de las estrellas más hermosas del cielo tenían que ausentarse y han rogado a sus ojos que brillen en su puesto hasta que vuelvan. ¿Y si ojos se cambiasen con estrellas? El fulgor de su mejilla les haría avergonzarse, como la luz del día a una lámpara; y sus ojos lucirían en el cielo tan brillantes que, al no haber noche, cantarían las aves. ¡Ved cómo apoya la mejilla en la mano! ¡Ah, quién fuera el guante de esa mano por tocarle la mejilla!” –recitó Edward de memoria.
- “¡Ay de mí!” –le contestó Jane, mientras tomaba la otra mano de Edward y quedaban uno frente al otro.
- “Ha hablado. ¡Ah, sigue hablando, ángel radiante, pues, en tu altura, a la noche le das tanto esplendor como el alado mensajero de los cielos ante los ojos en blanco y extasiados de mortales que alzan la mirada cuando cabalga sobre nube perezosa y surca el seno de los aires!” –le dijo Edward, acercándose cada vez más a ella.
- ¡Ah, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres Romeo? Niega a tu padre y rechaza tu nombre, o, si no, júrame tu amor y ya nunca seré una Capuleto.- Jane abrazó a Edward y apoyó la cabeza en su pecho. Se sintió protegida. Y también se sintió como no imaginó en la vida: totalmente feliz…
Se me hacia tarde y salí corriendo sin despedirme de él ¿quién era aquel chico del bosque? Era misterioso y atractivo, sus ojos verdes hacían que perdiera mi respiración. Volví al reino no quería que mis padres se enfadaran por estar tanto tiempo fuera, ni sola en el bosque; me habían advertido de los peligros que podía correr yo sola por ahí, ya que los reyes de los reinos Violeta y Linzzer tenían la guerra declarada al reino Alatar. Entre en mi cuarto sin dejar de pensar en él, quería volver a verle, lo necesitaba; vino el arcángel Laurent a mi cuarto, diciéndome que mis padres me esperaban en el gran salón, que necesitaban hablar conmigo; baje sin preguntarle el motivo; el seguramente lo supiese ya que era la mano derecha de mi padre, entre en el salón he hice una reverencia.
-Altezas, ¿Qué queréis?- aunque eran mis padres, les trataba como los reyes que eran.
-Hija no nos llames altezas, tu también eres de la realeza, no debes inclinarte ante nosotros-dijo mi madre con seriedad- eso ya lo hacen nuestro reino al vernos y dirigirse a nosotros.
-Perdonadme-sonreí- ¿Qué queríais papas?- dije amablemente.
-Jane hemos notado tu ausencia, durante la tarde, sabemos que fuiste al bosque, tu sola, lo que prohibimos rotundamente- dijo mi padre con gran seriedad- no queremos que salgas del reino, sin algún acompañante.
-Lo siento, pero el reino ya me lo conozco y me aburre, por eso decidí ir al bosque-dije agachando la cabeza- siento haberos preocupado pero como podéis comprobar, no me sucedió nada, además estuve en compañía de un chico encantador- en mi cara se dibujo una sonrisa.
-¿Un chico Jane?-dijeron mis padres a la vez, levantándose del trono-¿Cómo se llamaba el chico?
-No lo se, no me lo dijo- me quede callada durante un momento- pero era increíble, bellísimo, ojos verdes, pelo cobrizo-volví a sonreír.
-Jane no digas estupideces, sabes que estas comprometida con Mike, el príncipe mago, en dos años que cumplas los 18 años te casaras con él- dijo mi padre
-Pero papa yo no quiero casarme con el, es cruel, además a los 18 soy muy joven, quiero vivir- dije protestando.
-No protestes Jane, no seas una princesa insolente- dijo mi padre con brusquedad- te casaras te guste o no.
Salí corriendo del gran salón hacia mi cuarto llorando, no quería casarme con Mike, amaba a aquel chico del bosque, mi corazón latía por él.
El príncipe Edward paseaba por el bosque cercano al reino Alatar. Sabía que no debía andar por aquella zona, pero estaba aburrido de pasear por su reino. Las chicas lo atosigaban, lo que él quería era tranquilidad. Acababa de cumplir la mayoría de edad, aunque no le importaba en absoluto. No dejaba de pensar en la promesa que su madre le había hecho diez años atrás. Ella pensaba que él no lo recordaba, pero lo tenía muy presente en su día a día. Había intentado encontrar a la chica adecuada, aquella que hiciera que él mundo dejase de girar sólo con su presencia, pero no aparecía… Pensó en Ángela, en lo mucho que la quería, pero aquello no era amor. Ella no era el amor de su vida. Y ella lo veía como un hermano mayor, jugaban juntos muy a menudo, ya que ella todavía tenía 12 años… Era una gran diferencia de edad, aunque en unos años más dejaría de notarse tanto. Siguió paseando por el bosque cuando oyó una voz, y que voz… Sonaba como si un ángel hubiese bajado del cielo. Quería saber a quién pertenecía…
La princesa Jane, aunque ese no fuese su verdadero nombre, paseaba por el bosque del reino. Sus padres, James y Victoria, nunca le permitían salir de los terrenos de palacio, pero aprovechando su ausencia, decidió ir a pasear fuera. No tendrían porque enterarse. Llevaba su libro favorito, Romeo y Julieta, y estaba buscando el lugar adecuado para ponerse a leer con tranquilidad. Tenía que esconder ese libro, porque sus padres no dejaban de decirle que esas historias fantásticas de amor y aventuras no hacían más que corromper su cabeza, haciendo que su imaginación crease cosas que en verdad no existían. Ella pensaba que un amor como el que se tenían Romeo y Julieta era demasiado maravilloso como para ser inventado. Algún día ella conocería a alguien que se convertiría en el amor de su vida, y vivirían juntos para siempre… Aunque el final del libro era trágico, ella no tenía porque acabar igual que ellos. Sus padres no tenían enemigos como los Capuleto o los Montesco, así que podía estar tranquila por aquella parte.
Sus padres insistían en llevarlas a fiestas de sociedad, para que conociese a los chicos de la clase alta. Ella iba obligada, demasiado arreglada como para ir cómoda, y tenía que escuchar a todos los chicos decirle una tontería detrás de otra. Eran tan aburridos… Que si mi padre me comprará este deportivo nuevo, que si en mi hacienda tengo tantos caballos… Ella quería alguien con quien poder hablar de verdad, con quien compartir sus gustos literarios y musicales, que cada día a su lado fuese único y especial…
Finalmente llegó a un claro. Ese lugar era perfecto, el sol entraba entre los árboles iluminándolo entero, y los arbustos con flores parecían el lugar ideal donde sentarse cómodamente a leer durante horas. Se dejó caer suavemente en uno de ellos y comenzó a sonreír. Era todavía más cómodo de lo que había imaginado. Abrió su libro y comenzó a leer, recitando los versos en voz alta. Estaba tan extasiada mientras hacía esto, que olvidó todo lo que tenía a su alrededor. Se quedó callada inmediatamente, mirando fijamente desde donde provenía al ruido, y apareció un chico. Se quedó mirándole a los ojos. Eran de un verde esmeralda intenso, que hacía que perdiera el sentido y la noción de todo lo que tenía alrededor…
Los dos chicos se quedaron mirando fijamente. Ambos pensaban que el otro era una alucinación, la respuesta a sus plegarias después de tanto tiempo. Edward la miró como si fuera la primera vez que podía ver…
- Por favor, no paréis –le dijo Edward a Jane- Seguid con los versos de Julieta. Me encanta esa obra.
- ¿De verdad? –Contestó Jane, poniéndose de pie y dirigiéndose a él- Eres el primer chico que no me dice que la literatura es una tontería…
- ¿Quién os dijo eso? Nada que escribiera Shakespeare podría ser calificado de tontería –le dijo Edward acercándose más a ella y cogiendo su mano.
- “¡Ah, es mi dama, es mi amor! ¡Ojala lo supiera! Mueve los labios, mas no habla. No importa: hablan sus ojos; voy a responderles. ¡Qué presuntuoso! No me habla a mí. Dos de las estrellas más hermosas del cielo tenían que ausentarse y han rogado a sus ojos que brillen en su puesto hasta que vuelvan. ¿Y si ojos se cambiasen con estrellas? El fulgor de su mejilla les haría avergonzarse, como la luz del día a una lámpara; y sus ojos lucirían en el cielo tan brillantes que, al no haber noche, cantarían las aves. ¡Ved cómo apoya la mejilla en la mano! ¡Ah, quién fuera el guante de esa mano por tocarle la mejilla!” –recitó Edward de memoria.
- “¡Ay de mí!” –le contestó Jane, mientras tomaba la otra mano de Edward y quedaban uno frente al otro.
- “Ha hablado. ¡Ah, sigue hablando, ángel radiante, pues, en tu altura, a la noche le das tanto esplendor como el alado mensajero de los cielos ante los ojos en blanco y extasiados de mortales que alzan la mirada cuando cabalga sobre nube perezosa y surca el seno de los aires!” –le dijo Edward, acercándose cada vez más a ella.
- ¡Ah, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres Romeo? Niega a tu padre y rechaza tu nombre, o, si no, júrame tu amor y ya nunca seré una Capuleto.- Jane abrazó a Edward y apoyó la cabeza en su pecho. Se sintió protegida. Y también se sintió como no imaginó en la vida: totalmente feliz…
Se me hacia tarde y salí corriendo sin despedirme de él ¿quién era aquel chico del bosque? Era misterioso y atractivo, sus ojos verdes hacían que perdiera mi respiración. Volví al reino no quería que mis padres se enfadaran por estar tanto tiempo fuera, ni sola en el bosque; me habían advertido de los peligros que podía correr yo sola por ahí, ya que los reyes de los reinos Violeta y Linzzer tenían la guerra declarada al reino Alatar. Entre en mi cuarto sin dejar de pensar en él, quería volver a verle, lo necesitaba; vino el arcángel Laurent a mi cuarto, diciéndome que mis padres me esperaban en el gran salón, que necesitaban hablar conmigo; baje sin preguntarle el motivo; el seguramente lo supiese ya que era la mano derecha de mi padre, entre en el salón he hice una reverencia.
-Altezas, ¿Qué queréis?- aunque eran mis padres, les trataba como los reyes que eran.
-Hija no nos llames altezas, tu también eres de la realeza, no debes inclinarte ante nosotros-dijo mi madre con seriedad- eso ya lo hacen nuestro reino al vernos y dirigirse a nosotros.
-Perdonadme-sonreí- ¿Qué queríais papas?- dije amablemente.
-Jane hemos notado tu ausencia, durante la tarde, sabemos que fuiste al bosque, tu sola, lo que prohibimos rotundamente- dijo mi padre con gran seriedad- no queremos que salgas del reino, sin algún acompañante.
-Lo siento, pero el reino ya me lo conozco y me aburre, por eso decidí ir al bosque-dije agachando la cabeza- siento haberos preocupado pero como podéis comprobar, no me sucedió nada, además estuve en compañía de un chico encantador- en mi cara se dibujo una sonrisa.
-¿Un chico Jane?-dijeron mis padres a la vez, levantándose del trono-¿Cómo se llamaba el chico?
-No lo se, no me lo dijo- me quede callada durante un momento- pero era increíble, bellísimo, ojos verdes, pelo cobrizo-volví a sonreír.
-Jane no digas estupideces, sabes que estas comprometida con Mike, el príncipe mago, en dos años que cumplas los 18 años te casaras con él- dijo mi padre
-Pero papa yo no quiero casarme con el, es cruel, además a los 18 soy muy joven, quiero vivir- dije protestando.
-No protestes Jane, no seas una princesa insolente- dijo mi padre con brusquedad- te casaras te guste o no.
Salí corriendo del gran salón hacia mi cuarto llorando, no quería casarme con Mike, amaba a aquel chico del bosque, mi corazón latía por él.
10 mar 2010
Capítulo 2: SECUESTRO
El rey entro corriendo nervioso cuando se encontró a su esposa tirada en el suelo llorando a lagrima viva, se acerco a ella y la abrazo, sin que ella dejara de llorar, el rey viendo que su esposa no le decía nada y le ponía cada vez mas nervioso, decidió preguntarla.
-¿Mi amor que te sucede?- pregunto sin dejar de abrazarla en ningún instante.
-Nuestra hija Charles, nuestra hija-empezó a llorar mas rotundamente-nos robaron a nuestra hija- se desmayo en ese mismo momento quedando inconsciente en los brazos de su esposo Charles, las criadas agarraron a la reina tumbándola en la cama y llamando al medico de urgencia mientras el rey todavía sin creérselo mirada la cuna donde debía de encontrarse su pequeña, pero la encontró vacío, dio aviso a todo su ejercito que empezaran la búsqueda, quedándose él al lado de su esposa.
Estuvieron largos años con la búsqueda de su pequeña Isabella, pero no dieron con ella, no encontraron ni un pequeño rastro, eso hizo que los reyes cayeran en una gran depresión, no pudiendo levantar la cabeza ni siquiera cuando el medico dio el aviso a los reyes de que la reina esperaba un nuevo retoño, no asomo ni una pequeña sonrisa en su cara en cambio la reina se hecho a llorar mas profundamente, recordando a su pequeña Isabella.
Pasaron los nueve meses de embarazo sin mayor complicación, pero el parto resulto ser mas duro, la reina estaba muy debilitada y eso complicaba el nacimiento de la pequeña, después de 6 horas de parto, el doctor salio de la habitación real cargando a una pequeña niña en sus brazos entregándosela al rey Charles, miro a su segunda hija, esta a diferencia de Isabella tenia los ojos marrones chocolate, pero la tristeza no podía borrarse de sus ojos aunque tuviera de nuevo a una niña en sus brazos, sabían que a Ángela la tendrían mas vigilada y sin dejarla a solas en ningún momento para no correr el riesgo que corrieron con Isabella.
Los reyes Cullen volvieron de visita al castillo al enterarse del nacimiento de la nueva princesa Ángela, su hijo Edward ya tenia 8 años, y sus gemelos Rosalie y Jasper 6 años, Carlisle y Esmeralda querían hablar con los reyes Swan de hacer un nuevo contrato con su nueva hija, la reina no quiso salir del aposento sintiéndose mal, casi nunca salía de la habitación, estaba sumida en una gran depresión, casi nunca estaba con Ángela por el dolor que la producía tenerla en sus brazos; Charles bajo ha atender a los reyes Cullen mientras sus tres hijos jugaban en el jardín.
-Disculpe a mi esposa Renny, desde lo ocurrido con Isabella no sale casi nunca de la cama, sufre una gran depresión, casi nunca esta con nuestra pequeña Ángela porque la hace mal- dijo seriamente Charles a los Cullen- pero creo que si es buena idea firmar el contrato de boda, nuestros reinos quiero que se junten dándonos las tranquilidad que llevamos buscando casi desde hace siglos.
-Claro amigo Charles la paz no tardara en llegar, dentro de 18 años todo se vera distinto, tu hija será mayor de edad y podrá casarse con nuestro hijo Edward- dijo Carlisle tocando el hombro de su amigo dándole su apoyo.
Pasaron al despacho a hablar de los acuerdos del contrato, mientras Edward, Rosalie y Jasper estaban jugando en el jardín. Esmeralda los vigilaba mientras tenía a Ángela en sus brazos. La pequeña dormía placenteramente, y Esmeralda la acunaba con mucho cariño. Se parecía muchísimo a Isabella… Empezó a recordar como eran Charles y Renny antes de que pasara la desgracia, pero un toque en sus brazos la despertó de sus ensoñaciones. Era su hijo Edward, que la miraba fijamente.
- ¿Puedo cogerla, mami? –le preguntó, mientras extendía sus brazos. Esmeralda sonrió, ya que unos años después ellos serían marido y mujer, así que la situación le resultaba un poco cómica. Ayudó a su hijo a cogerla, indicándole como sujetarla bien para no hacerle daño a la bebé. Edward se quedó mirándola fijamente, pero Ángela se despertó. Miró a Edward y empezó a sonreírle.
- Mami, mami, mira –le dijo Edward a Esmeralda-. Me está sonriendo.
- Eso es que le gustas, cielo –le contestó Esmeralda, sonriendo a su vez.
- Será como mi hermanita pequeña –dijo Edward mientras mecía a Ángela con cuidado
- Cariño… -comenzó a hablar Esmeralda, no sabiendo bien como decirle- ella algún día será tu esposa…
- ¿Mi esposa? –Le dijo Edward dudoso- Mami, no me puedo casar con un bebé –dijo como si fuera la cosa mas obvia del mundo.
- No será ahora mismo. Cuando hayáis crecido y seáis mayores, vosotros dos os casareis, y así uniréis nuestros reinos, el reino Linzzer y el reino Violeta.
- Pero mami, yo no me quiero casar con ella. Es mi hermanita, como Rosalie. No podemos casarnos –le contestó Edward.
- No cielo, no es tu hermana… -le dijo Esmeralda, mientras pensaba que no tenía que haberle dicho nada- mira, haremos una cosa. Si conoces a alguna chica que te guste más antes de cumplir los 25 años, podrás casarte con ella. Si cuando llegues a esa edad no la has conocido, te casarás con Ángela, ¿vale? Porque un rey no puede quedar soltero, y tú serás el futuro rey de Linzzer, no querrás que el pueblo se disguste, ¿verdad?
Edward se quedó pensativo durante un rato. Finalmente, sólo asintió levemente con la cabeza y dejó a Ángela en brazos de su madre, saliendo después corriendo en dirección a sus hermanos para seguir jugando con ellos. Esmeralda lo miró pensativa… No debía haberle hecho esa promesa a su hijo. Pero sólo era un niño, pronto lo olvidaría…
-¿Mi amor que te sucede?- pregunto sin dejar de abrazarla en ningún instante.
-Nuestra hija Charles, nuestra hija-empezó a llorar mas rotundamente-nos robaron a nuestra hija- se desmayo en ese mismo momento quedando inconsciente en los brazos de su esposo Charles, las criadas agarraron a la reina tumbándola en la cama y llamando al medico de urgencia mientras el rey todavía sin creérselo mirada la cuna donde debía de encontrarse su pequeña, pero la encontró vacío, dio aviso a todo su ejercito que empezaran la búsqueda, quedándose él al lado de su esposa.
Estuvieron largos años con la búsqueda de su pequeña Isabella, pero no dieron con ella, no encontraron ni un pequeño rastro, eso hizo que los reyes cayeran en una gran depresión, no pudiendo levantar la cabeza ni siquiera cuando el medico dio el aviso a los reyes de que la reina esperaba un nuevo retoño, no asomo ni una pequeña sonrisa en su cara en cambio la reina se hecho a llorar mas profundamente, recordando a su pequeña Isabella.
Pasaron los nueve meses de embarazo sin mayor complicación, pero el parto resulto ser mas duro, la reina estaba muy debilitada y eso complicaba el nacimiento de la pequeña, después de 6 horas de parto, el doctor salio de la habitación real cargando a una pequeña niña en sus brazos entregándosela al rey Charles, miro a su segunda hija, esta a diferencia de Isabella tenia los ojos marrones chocolate, pero la tristeza no podía borrarse de sus ojos aunque tuviera de nuevo a una niña en sus brazos, sabían que a Ángela la tendrían mas vigilada y sin dejarla a solas en ningún momento para no correr el riesgo que corrieron con Isabella.
Los reyes Cullen volvieron de visita al castillo al enterarse del nacimiento de la nueva princesa Ángela, su hijo Edward ya tenia 8 años, y sus gemelos Rosalie y Jasper 6 años, Carlisle y Esmeralda querían hablar con los reyes Swan de hacer un nuevo contrato con su nueva hija, la reina no quiso salir del aposento sintiéndose mal, casi nunca salía de la habitación, estaba sumida en una gran depresión, casi nunca estaba con Ángela por el dolor que la producía tenerla en sus brazos; Charles bajo ha atender a los reyes Cullen mientras sus tres hijos jugaban en el jardín.
-Disculpe a mi esposa Renny, desde lo ocurrido con Isabella no sale casi nunca de la cama, sufre una gran depresión, casi nunca esta con nuestra pequeña Ángela porque la hace mal- dijo seriamente Charles a los Cullen- pero creo que si es buena idea firmar el contrato de boda, nuestros reinos quiero que se junten dándonos las tranquilidad que llevamos buscando casi desde hace siglos.
-Claro amigo Charles la paz no tardara en llegar, dentro de 18 años todo se vera distinto, tu hija será mayor de edad y podrá casarse con nuestro hijo Edward- dijo Carlisle tocando el hombro de su amigo dándole su apoyo.
Pasaron al despacho a hablar de los acuerdos del contrato, mientras Edward, Rosalie y Jasper estaban jugando en el jardín. Esmeralda los vigilaba mientras tenía a Ángela en sus brazos. La pequeña dormía placenteramente, y Esmeralda la acunaba con mucho cariño. Se parecía muchísimo a Isabella… Empezó a recordar como eran Charles y Renny antes de que pasara la desgracia, pero un toque en sus brazos la despertó de sus ensoñaciones. Era su hijo Edward, que la miraba fijamente.
- ¿Puedo cogerla, mami? –le preguntó, mientras extendía sus brazos. Esmeralda sonrió, ya que unos años después ellos serían marido y mujer, así que la situación le resultaba un poco cómica. Ayudó a su hijo a cogerla, indicándole como sujetarla bien para no hacerle daño a la bebé. Edward se quedó mirándola fijamente, pero Ángela se despertó. Miró a Edward y empezó a sonreírle.
- Mami, mami, mira –le dijo Edward a Esmeralda-. Me está sonriendo.
- Eso es que le gustas, cielo –le contestó Esmeralda, sonriendo a su vez.
- Será como mi hermanita pequeña –dijo Edward mientras mecía a Ángela con cuidado
- Cariño… -comenzó a hablar Esmeralda, no sabiendo bien como decirle- ella algún día será tu esposa…
- ¿Mi esposa? –Le dijo Edward dudoso- Mami, no me puedo casar con un bebé –dijo como si fuera la cosa mas obvia del mundo.
- No será ahora mismo. Cuando hayáis crecido y seáis mayores, vosotros dos os casareis, y así uniréis nuestros reinos, el reino Linzzer y el reino Violeta.
- Pero mami, yo no me quiero casar con ella. Es mi hermanita, como Rosalie. No podemos casarnos –le contestó Edward.
- No cielo, no es tu hermana… -le dijo Esmeralda, mientras pensaba que no tenía que haberle dicho nada- mira, haremos una cosa. Si conoces a alguna chica que te guste más antes de cumplir los 25 años, podrás casarte con ella. Si cuando llegues a esa edad no la has conocido, te casarás con Ángela, ¿vale? Porque un rey no puede quedar soltero, y tú serás el futuro rey de Linzzer, no querrás que el pueblo se disguste, ¿verdad?
Edward se quedó pensativo durante un rato. Finalmente, sólo asintió levemente con la cabeza y dejó a Ángela en brazos de su madre, saliendo después corriendo en dirección a sus hermanos para seguir jugando con ellos. Esmeralda lo miró pensativa… No debía haberle hecho esa promesa a su hijo. Pero sólo era un niño, pronto lo olvidaría…
8 mar 2010
Capítulo 1: NACIMIENTO
La princesa estaba apunto de nacer. todos en el reino andaban atentos a los mensajes desde el palacio, pero nadie decía nada, en el palacio la gente andaba inquieta ya que la comadrona no salía del cuarto y el doctor tampoco, haciendo la espera mas larga y deseosa, a las 5 horas de comenzar el parto, la puerta de la habitación se abre saliendo de ella, el doctor con una precisa bebe en sus brazos.
-Su majestad aquí esta su preciosa hija- dijo el doctor dándole a la pequeña y haciendo una reverencia.
-Mi pequeña Isabella- el rey abrazo a su hija con los ojos empañados en lágrimas, pero pronto tuvo que soltarla, ya que un mensajero venia a darle malas noticias enviadas desde el reino Alatar, donde los dragones que habitaban en el reino Violeta se habían ido al reino malvado de Alatar apoyando a los reyes Nioman, solo uno se quedo, el rey no sabia que hacer, ya que la reina no se encontraba en disposición de darla esa grave noticia, los dragones en el lado oscuro serian un gran enemigo a la hora de luchar si tocase, no entendía porque en ese mismo instante ni a que se debía su huida del reino.
El rey Charles entro a ver a su esposa a la habitación real donde se encontraba descansando con la pequeña Isabella en la cuna, la niña debió de notar el movimiento y se puso a llorar, el rey se acerco cogiendola en sus brazos y acunándola, viendo como sus pequeños ojos verdes se cerraban lentamente.
Los meses pasaron sin ningun percance desde el Reino Alatar, los reyes parecían no querer una guerra o esperar a conseguir más allegados de los que tenían ya, eso hizo que el rey temblara temiendo lo peor, su esposa Renny se estaba reponiendo del embarazo rápidamente, no había sido muy complicado pero habían sido muchas horas e hizo que la reina no estuviera del todo recuperada hasta un mes mas tarde. Todo el reino estaba contento con el nacimiento de su princesa Isabella, sabían que su unión con el reino Linzzer traería paz a los dos reinos. Los reyes Carlisle y Esmeralda llegaron de visita con su hijo heredero Edward, querían que viera a su futura esposa, aunque el no la viera así al ser tan pequeño, los reyes Swan les recibieron alegremente en su reino, eran grandes amigos desde la infancia y eso hacia que sus dos reinos se unieran con un gran lazo; el rey Charles llamo al rey Carlisle a si despacho para poder hablar sobre lo ocurrido el día del nacimiento de su hija con los dragones, no le había comentado nada antes para no preocuparle antes de lo debido, el Rey Carlisle se preocupo sabiendo el gran peligro que había, el que los dragones se hubiesen unido al reino Alatar.
-Debemos hacer algo Charles-dijo con preocupación Carlisle- no podemos esperar a que ellos ataquen, porque sabes igual que yo, que será un ataque mortal, sus poderes les hace invencibles y uniéndolos a los mágicos dragones mas.
-Pero tampoco podemos atacar sin saber realmente que van hacer, seria un riesgo a correr para nuestros dos reinos, Carlisle-dijo Charles angustiado- temo igual que tu por la vida de nuestros reinos, además de que sabes que no encontraremos el reino si ellos no nos le mostran, pueden atacarnos por cualquier lado.
Los reyes siguieron hablando en el despacho, mientras las reinas paseaban a la princesa y el príncipe Edward jugaba en el jardín, ellas sabían que sus esposos estaban hablando de algo importante, sobre todo Renny sabia que algo grave podía pasar lo sentía y en las acciones de su esposo también.
-Esmeralda estoy intranquila, se que algo sucede en el reino, que un peligro muy pronto puede acecharnos, pero Charles no me ha comentado nada, pero desde el día del nacimiento de Isabella veo el miedo y temor en sus ojos, creo que por eso ha llamado a tu esposo Carlisle al despacho- dijo Renny nerviosa.
-Tranquila Renny seguro que no es nada y lo estas exagerando- dijo Esmeralda tocando el hombro de Renny para tranquilizarla- si fuera algo tan grave tu esposo te hubiese advertido.
Siguieron paseando por el jardín hasta que sus esposos se acercaron a ellos, con una sonrisa en su cara y besando los labios de sus esposas dulcemente.
-Nuestra visita no solo venia por conocer a la bellísima princesa Isabella sino también a comunicaros que mi esposa Esmeralda espera un hijo, todavía no sabemos el sexo del bebe, pero la noticia nos hace dichosos-dijo Carlisle con una sonrisa y tocando la barriga de su esposa.
-Muchas felicidades a ambos, por el nuevo bebe que esperan, nos alegramos muchísimo de esta gran noticia- dijo el Rey Charles, dirigiéndose a Carlisle y Esmeralda.
La visita de los reyes duro cuatro meses, no tenían novedad de ningun ataque, por lo que los reyes Cullen decidieron irse de nuevo a su reino para no dejarle desprotegido durante tanto tiempo, ninguno de los dos reyes habían avisado a sus esposas del riesgo que había de sufrir un ataque para no causarlas angustia ni inquietarlas hasta no tener algo con certeza.
Los reyes desayunaban en el gran salón, mientras su pequeña descansaba todavía en la habitación real, la reina termino de desayunar y subía a sus aposentos a por la princesa, pero lo que oyeron fue un grito desgarrador de la reina desde su habitación…
-Su majestad aquí esta su preciosa hija- dijo el doctor dándole a la pequeña y haciendo una reverencia.
-Mi pequeña Isabella- el rey abrazo a su hija con los ojos empañados en lágrimas, pero pronto tuvo que soltarla, ya que un mensajero venia a darle malas noticias enviadas desde el reino Alatar, donde los dragones que habitaban en el reino Violeta se habían ido al reino malvado de Alatar apoyando a los reyes Nioman, solo uno se quedo, el rey no sabia que hacer, ya que la reina no se encontraba en disposición de darla esa grave noticia, los dragones en el lado oscuro serian un gran enemigo a la hora de luchar si tocase, no entendía porque en ese mismo instante ni a que se debía su huida del reino.
El rey Charles entro a ver a su esposa a la habitación real donde se encontraba descansando con la pequeña Isabella en la cuna, la niña debió de notar el movimiento y se puso a llorar, el rey se acerco cogiendola en sus brazos y acunándola, viendo como sus pequeños ojos verdes se cerraban lentamente.
Los meses pasaron sin ningun percance desde el Reino Alatar, los reyes parecían no querer una guerra o esperar a conseguir más allegados de los que tenían ya, eso hizo que el rey temblara temiendo lo peor, su esposa Renny se estaba reponiendo del embarazo rápidamente, no había sido muy complicado pero habían sido muchas horas e hizo que la reina no estuviera del todo recuperada hasta un mes mas tarde. Todo el reino estaba contento con el nacimiento de su princesa Isabella, sabían que su unión con el reino Linzzer traería paz a los dos reinos. Los reyes Carlisle y Esmeralda llegaron de visita con su hijo heredero Edward, querían que viera a su futura esposa, aunque el no la viera así al ser tan pequeño, los reyes Swan les recibieron alegremente en su reino, eran grandes amigos desde la infancia y eso hacia que sus dos reinos se unieran con un gran lazo; el rey Charles llamo al rey Carlisle a si despacho para poder hablar sobre lo ocurrido el día del nacimiento de su hija con los dragones, no le había comentado nada antes para no preocuparle antes de lo debido, el Rey Carlisle se preocupo sabiendo el gran peligro que había, el que los dragones se hubiesen unido al reino Alatar.
-Debemos hacer algo Charles-dijo con preocupación Carlisle- no podemos esperar a que ellos ataquen, porque sabes igual que yo, que será un ataque mortal, sus poderes les hace invencibles y uniéndolos a los mágicos dragones mas.
-Pero tampoco podemos atacar sin saber realmente que van hacer, seria un riesgo a correr para nuestros dos reinos, Carlisle-dijo Charles angustiado- temo igual que tu por la vida de nuestros reinos, además de que sabes que no encontraremos el reino si ellos no nos le mostran, pueden atacarnos por cualquier lado.
Los reyes siguieron hablando en el despacho, mientras las reinas paseaban a la princesa y el príncipe Edward jugaba en el jardín, ellas sabían que sus esposos estaban hablando de algo importante, sobre todo Renny sabia que algo grave podía pasar lo sentía y en las acciones de su esposo también.
-Esmeralda estoy intranquila, se que algo sucede en el reino, que un peligro muy pronto puede acecharnos, pero Charles no me ha comentado nada, pero desde el día del nacimiento de Isabella veo el miedo y temor en sus ojos, creo que por eso ha llamado a tu esposo Carlisle al despacho- dijo Renny nerviosa.
-Tranquila Renny seguro que no es nada y lo estas exagerando- dijo Esmeralda tocando el hombro de Renny para tranquilizarla- si fuera algo tan grave tu esposo te hubiese advertido.
Siguieron paseando por el jardín hasta que sus esposos se acercaron a ellos, con una sonrisa en su cara y besando los labios de sus esposas dulcemente.
-Nuestra visita no solo venia por conocer a la bellísima princesa Isabella sino también a comunicaros que mi esposa Esmeralda espera un hijo, todavía no sabemos el sexo del bebe, pero la noticia nos hace dichosos-dijo Carlisle con una sonrisa y tocando la barriga de su esposa.
-Muchas felicidades a ambos, por el nuevo bebe que esperan, nos alegramos muchísimo de esta gran noticia- dijo el Rey Charles, dirigiéndose a Carlisle y Esmeralda.
La visita de los reyes duro cuatro meses, no tenían novedad de ningun ataque, por lo que los reyes Cullen decidieron irse de nuevo a su reino para no dejarle desprotegido durante tanto tiempo, ninguno de los dos reyes habían avisado a sus esposas del riesgo que había de sufrir un ataque para no causarlas angustia ni inquietarlas hasta no tener algo con certeza.
Los reyes desayunaban en el gran salón, mientras su pequeña descansaba todavía en la habitación real, la reina termino de desayunar y subía a sus aposentos a por la princesa, pero lo que oyeron fue un grito desgarrador de la reina desde su habitación…
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